BIOGRAFIAS DE VENEZOLANOS 
IMPORTANTES
 
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LORENZO LARA

 

 

Gustavo es la cabeza visible del grupo Cisneros. Tiene 54 años. Se graduó en la escuela de Administración de Negocios del Babson College en Wellesley, Massachussets y a la sombra de su padre conoció cada rincón de sus dominios. Don Diego tuvo ocho hijos. Con excepción de Gustavo y Ricardo, quien es Vicepresidente de la Organización, ninguno de sus otros hermanos cumple un papel decisivo en el Grupo Cisneros. Carlos Enrique, quien compartía con ellos el ímpetu empresarial, falleció tratando de salvar a su hijo en las caudalosas aguas de un río de Venezuela, y las mujeres de la familia nunca han intervenido en estos asuntos.

La imagen de los Cisneros en Venezuela no despierta calidez. Por eso Gustavo está empeñado en proyectarse como empresario sencillo y accesible. Hace unos meses lo intentó al encargarse él mismo de anunciar en Caracas la compra de los Leones, uno de los equipos de béisbol más populares de Venezuela.

"Queremos hacer felices a los venezolanos. Vamos a trabajar duro. Aquí a la gente le gusta el béisbol y se lo vamos a dar. Oye el rugido'', dijo en ese momento Cisneros en un extraño arranque de informalidad.

Extraño porque la manera de hablar en público de Cisneros, casi siempre protocolaria y ajustada a un discurso grandilocuente, traiciona con frecuencia su empeño de ser afable. Es un discurso en el que a menudo evoca frases de su padre y las combina con su filantrópica obsesión por los graves problemas que sufre la educación en América Latina.

Ninguno otro de los magnates latinoamericanos parece tan preocupado por la educación como Gustavo Cisneros. En sus intervenciones sobre el tema, el empresario ha expuesto las cifras alarmantes de la crisis. Dice que el 45 por ciento de los latinos que ingresan en la escuela primaria jamás llegan a graduarse y que de los pocos que terminan primaria el 40 por ciento no entiende un ensayo de 500 palabras.


"Por si fuera poco -agrega el empresario venezolano-, un maestro latinoamericano gana algo más de un dólar por hora, y durante su ejercicio profesional prácticamente nunca recibe cursos de actualización ni materiales de enseñanza".


Desde 1979, la organización ha estado vinculada a programas masivos de educación en Venezuela, un esfuerzo que cruzó las fronteras con la creación de Cl@se, una herramienta de aprendizaje a distancia que, según Cisneros, ofrece servicios educativos a más de 30.000 escuelas mexicanas y 7.200 escuelas argentinas.


Como los demás magnates de América Latina, Cisneros es un celoso centinela de su imagen. En las salas de redacción de la prensa venezolana hay una regla no escrita y es que cualquier palabra que se diga sobre el empresario y su imperio tiene que ser cuidadosamente cernida por los editores. Para responder a una entrevista de The Wall Street Journal en 1994, el magnate se presentó escoltado por su amigo Vernon Jordan, el famoso abogado, quien a su vez era miembro de la junta directiva del Journal.


Aunque idéntico al padre en su avasallador optimismo, Gustavo Cisneros tiene un estilo distinto al del fundador de la dinastía. Un embotellador local de Pepsi resumió así la diferencia entre ambos: "Cuando Diego llegaba al piso de una planta abría sus brazos para estrechar al capataz; cuando Gustavo nos visita, sus guardaespaldas aparecen aquí diez minutos antes de que él llegue".


"Hay un detalle inexacto en ese comentario -sostuvo un empresario muy cercano a la familia-, Gustavo no pasa casi nunca por una embotelladora".


Pero es que los tiempos han cambiado. A Gustavo le atraen más las veladas con el poder y la cultura. Dos años después de la muerte de su padre, el joven ejecutivo y su esposa Patricia Phelps estaban en la lista de invitados de las fiestas del presidente Reagan.


Patricia, con quien Cisneros tiene tres hijos, está a cargo de una de las colecciones más completas de arte latinoamericano en el mundo

¿Cómo soñar?

Alguna vez alguien le preguntó al padre de los Cisneros cuál era la clave de su éxito y el empresario respondió: "Si no sueñas no puedes concretar''.


Los Cisneros de hoy aprendieron que para soñar se necesita concretar no sólo a inversionistas extranjeros desconfiados sino a presidentes y ministros, y en ese campo todo indica que también son muy eficientes. Algunas de las personas que los conocen, y sólo hablan de ellos bajo la condición del anonimato, sostienen que si Don Diego Cisneros hizo la fortuna con ingenio, sus hijos la mantuvieron con influencias -y un gran olfato para las inversiones a largo plazo- en una convivencia pacífica y a menudo camaleónica con quienes están en el poder.


Los Cisneros han girado cheques a adecos y copellanos en campaña; cortejaron a Felipe González de España; fueron amigos de Rafael Caldera y de Jaime Lusinchi, y del entorno íntimo del presidente Carlos Andrés Pérez, a quien dejaron de saludar; condenaron el golpe de Hugo Chávez pero en mayo de este año lo pusieron a cantar en el palacio de Gobierno con Julio Iglesias "Solamente una vez''.


Gustavo ha participado en la junta internacional de asesores del Chase Manhattan Bank en compañía de Henry Kissinger y David Rockefeller y de hecho fue consejero de la familia de este último en el manejo de sus relaciones políticas con Venezuela. Durante el gobierno de Jimmy Carter, Cyrus Vance, entonces secretario de Estado, recurría a Cisneros como interlocutor.


Cuando el debate de la renegociación de la deuda externa estalló en Venezuela, el presidente Lusinchi solicitó la mediación de Gustavo. En ese momento, en respuesta a la pregunta que un reportero le hizo sobre su relación con el presidente, Gustavo respondió: "Nos ayudamos mutuamente..." Y luego añadió: "¿Qué obtenemos de esto? La respuesta es: probablemente, muy poco".


Cualquier insinuación de que sus negocios deriven de otra cosa diferente al trabajo duro y la perspicacia empresarial de los cincuenta años de experiencia de la organización, se lo advirtió Cisneros a The Wall Street Journal, es "absolutamente falsa''.


Posiblemente la historia más apasionada de esa fraternización con los políticos, la vivieron -y la sufrieron- los Cisneros junto al presidente Carlos Andrés Pérez. Es la historia de una relación de 30 años que pasó de la solidaridad épica a la indiferencia rampante. En 1962, siendo Ministro de Relaciones Interiores, a Pérez le correspondió combatir algunos movimientos rebeldes pro castristas y en el camino se encontró como gran aliado ideológico a Don Diego Cisneros, a quien también lo desvelaban los desafíos de Fidel.


"Era un hombre muy grato, de muy buen carácter'', recordó Pérez en una entrevista con Punto-com en Miami.


Cuando Pérez fue elegido presidente en 1974, los Cisneros consolidaron varios negocios domésticos y otros internacionales. Invirtieron, entre otros, en el Banco Latino. Ellos eran parte de un selecto grupo de empresarios muy cercanos al palacio de gobierno conocidos con el nombre de Los 12 Apóstoles. Pero en el segundo período de Pérez (que comenzó en 1989), las cosas fueron a otro precio. La popularidad del presidente cayó en picada, y en febrero de 1992, un grupo de militares con pesadillas bolivarianas, se le metió en el palacio de Miraflores.


Un presidente en apuros

Pérez recuerda que esa madrugada se puso el vestido por encima de la pijama, un almirante que lo acompañaba rompió una ventana de la casona y salió en un carro particular por la ciudad llena de tanquetas rebeldes, a buscar una estación de televisión desde la cual pudiera dirigirse al país para confirmar que seguía siendo presidente.
Una versión que circuló después del fallido golpe sostiene que uno de los Cisneros llamó a Pérez y le dijo que Venevisión estaba a su entera disposición. Pérez desmintió ese favor.


"No, no, no'', dijo. "Eso no fue así. Yo tenía que hablarle al país y a las Fuerza Armadas". Pérez explicó que cuando se dirigía a una estación que no era de los Cisneros, el almirante lo comunicó con Venevisión y él anunció que iría a sus estudios.

"Yo hablé frente a las cámaras y el ministro [de Defensa] me llamó y me dijo: 'presidente con sus palabras se rindieron''.


Poner las cámaras apuntando a un presidente tambaleante, fue, según palabras de Cisneros, un acto de coraje de la organización.


"Tomamos un chance por la democracia y ganamos'', dijo Cisneros.


En 1993, Pérez debió dejar la presidencia acusado de cargos de malversación y peculado. Al día siguiente de su salida de Miraflores, los Cisneros dejaron de llamarlo, recuerda.

"Después de ese momento no volví a saber de ellos'', afirmó. "Rompieron la relación conmigo. La condición humana es muy difícil".


En ese azaroso juego de acceso al poder los Cisneros terminaron pagando un peaje alto para su imagen de conglomerado que exhibía sus éxitos como trofeos de una impecable tradición empresarial. Ricardo Cisneros resultó involucrado en el más estruendoso escándalo financiero de la historia de Venezuela: el descalabro del Banco Latino en 1994.


Una juez venezolana dictó orden de arresto contra Ricardo acusándolo de fraude en su calidad de miembro de la junta directiva del banco. Según la acusación los directivos del banco aprobaron créditos a empresas -algunas de su propiedad- por encima de los límites establecidos y desviaron fondos del banco. Ricardo, quien estaba fuera del país cuando se libraron las órdenes de captura, permaneció en el exterior.


Gustavo salió a poner la cara. Dijo que el único vínculo existente entre el Banco Latino y la Organización Cisneros era la propiedad por parte de ésta de un mínimo porcentaje (2,43 por ciento) en el capital social del banco y el hecho de que su hermano Ricardo, entonces vicepresidente ejecutivo de la organización, era propietario del 0,003 por ciento de las acciones. Ricardo era además miembro de la junta directiva del banco, pero Gustavo subestimó ese vínculo argumentando que nunca perteneció al equipo gerencial. Hace dos semanas, y después de siete años de un complicado proceso, la justicia venezolana exoneró a casi todos los acusados del caso, incluyendo a Ricardo.

Detrás del escándalo, según Gustavo, había "una campaña amarillista orquestada por los herederos de un inescrupuloso medio de comunicación social que mantiene una estrecha relación con Lyndon Larouche y su organización extremista''.


La pelea con Larouche

Larouche es un oscuro líder laborista norteamericano que a través de su movimiento con sede en Virginia y de un boletín llamado Executive Intelligence Review (EIR) se ha dedicado a mortificar a los magnates venezolanos con una serie de señalamientos en los que combina astutamente la realidad con la especulación. Los Cisneros se han defendido en tribunales y medios de comunicación.


Según documentos de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), escenario de una de las confrontaciones, la historia de esta disputa se inició en enero de 1985 cuando fueron arrestados varios simpatizantes de Larouche en Venezuela y se confiscaron 200 copias de un libro titulado Narcotráfico S. A. (Dope Inc) . El libro denigraba de los Cisneros sugiriendo que la familia tenía conexiones con personajes e instituciones dedicadas al lavado de dinero. Gustavo Cisneros presentó una petición judicial para que no se permitiera la circulación del libro. La pelea quedó cazada desde entonces. Lo que estaba sepultado en los tribunales venezolanos resucitó en las oficinas federales de Estados Unidos en junio de 1992, cuando Nora Hamerman, editora de EIR, presentó una impugnación ante la FCC para bloquear la aprobación de la compra de Univisión por parte de los Cisneros. La editora denunció la persecución del movimiento en Venezuela y aportó documentos que afirmaban que el 14 de febrero de 1985 un avión ejecutivo de Pepsi-Cola Corp. de Venezuela, operado por una empresa de la familia Cisneros (Aeroservicios Alas), fue sometido a una inspección por agentes del Servicio de Aduanas en Hollywood, Florida, que encontraron una bolsa con 50 gramos de cocaína en su interior.


Cisneros respondió todas las objeciones del EIR, y aunque admitió el incidente del Lear Jet, aportó una constancia del Servicio de Aduanas con la que probó que el avión fue devuelto y que no se formularon cargos contra la empresa, el piloto ni los pasajeros.
Ninguna de las impugnaciones prosperó y la FCC autorizó la transferencia de control en Univisión.


Estos incidentes parecen haber fortalecido al empresario.


Hoy Gustavo Cisneros es uno de los hombres más poderosos de América Latina y uno de los latinos más influyentes en Estados Unidos. El aura del poder que ha logrado condensar en su figura está descrita, sin escrúpulos, en una crónica de la prensa caraqueña que dice que al llegar Gustavo Cisneros a un brindis por la reconquista del primer lugar de Venevisión, hace dos meses, un compacto "muro de estrellas'' de televisión se abrió en dos, "como el mar rojo ante la orden de Moisés".



Referencia:

Reyes, G (Agosto, 2001) Gustavo Cisneros. Revista Poder. http://www.revistapoder.com/NR/exeres/50545B6C-3F3E-4233-94B8-6EAC96AB1E32.htm

 

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